Ilusiones rotas.
A veces tenemos ilusiones secretas, de esas que escondes bajo llave en la trastienda del corazón de esas que cuanto más tratas de silenciar, más se te notan en la cara, y cuando por fin, en un acto de valentía (o de locura) te atreves a presentarlas en sociedad resulta que hay a quien no le gusta lo que has pensado, no lo entiende o simplemente disfruta viendo sufrir al resto como el niño que corta las alas a la pobre mosca que busca la salida incorrecta rebotando una y otra vez contra el cristal de la ventana. Hay incluso quien, incapaz de tener una, trata de pisarlas de forma egoísta, sin darte opción a equivocarte, sin darte opción a soñar deseando claramente que encuentres la desdicha y que regreses llorando. A veces, por no decir siempre, no hace falta que ningún matón venga a pisotearlas, simplemente lo hace el destino con una conversación que no deberías haber escuchado o una llamada de teléfono en mal momento.
Y cuando se nos rompen las ilusiones nos quejamos. ¿No sería más fácil simplemente no comprarlas como mamá hacía con el jarrón?
Escuchando my dying bride: My wine in silence.

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